• Los alimentos transgénicos, más seguros que los naturales

    La mejora genética de los alimentos no es un invento nuevo. Desde hace miles de años, el hombre ha ido seleccionando las mejores variedades y especies para el consumo humano, a través de la utilización de las semillas que daban mejores frutos o el cruce de los animales más robustos. Pero actualmente, la ciencia ha descubierto métodos de selección mucho más avanzados, que incluyen la ingeniería genética: ahora se pueden incorporar a un tomate genes procedentes de otras especies, vegetales o no, que lo hacen más rojo, nutritivo, resistente a ciertas plagas o de mayor duración.

    Así, en los años 70 nacieron los denominados alimentos transgénicos, que se definen como productos o ingredientes obtenidos a partir de cualquier organismo modificado genéticamente para mejorar sus características o añadirle otras nuevas. Esto permite también mejorar cualidades nutritivas, y ampliar la producción, independientemente de las condiciones climáticas o el tipo de terreno. Los productos, así, se abaratan y llegan a todo el mundo.

    Pero pese a las mejoras conseguidas, los consumidores no dejan de preguntarse si consumir alimentos modificados genéticamente es seguro para su salud o para el medioambiente. Según un estudio de Carolina Torre, bióloga y experta en nutrición de la Universidad Autónoma de Madrid, numerosos ensayos de campo y de laboratorio “confirman la inocuidad en el medio natural y su calidad nutricional”.
     
    Este tipo de alimentos, apunta Torre, pasan controles mucho más estrictos que el resto, en los que se identifican todos los nutrientes, antinutrientes y toxinas, de manera que si no igualan o superan a los alimentos originales, no son aprobados por la Unión Europea. Incluso son más seguros que los tradicionales, gracias a estos exámenes exhaustivos.
     
    Otro argumento en contra de los transgénicos es su posible repercusión en la resistencia a los antibióticos. Esta experta afirma que es “mucho más preocupante el abuso que se hace en la actualidad de los antibióticos y su adición como suplementos nutricionales para el ganado de corral”.
    Si nos referimos al impacto ecológico de los transgénicos, continúa Carolina Torre, “es similar o menor al de cualquier otra práctica agrícola”, ya que gracias a la manipulación genética de los alimentos se ha conseguido reducir el uso de plaguicidas, y las posibilidades de que plantas mutadas se crucen con especies silvestres e invadan un territorio es la misma que de ocurrir con cultivos tradicionales. Además, las normas obligan a establecer un perímetro de seguridad en torno a las explotaciones transgénicas para evitarlo.  
     
    En resumen, los transgénicos no son “antinaturales” porque no se modifican sus características originales, sólo se le añaden nuevas. Lo natural no es sinónimo tampoco de más seguro, y lo transgénico no es perjudicial para la salud, asegura Carolina Torre.
     
     
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    Una baya casi milagrosa que nos llega del Tíbet

    Se han puesto de moda, y en muchos supermercados podemos encontrar estas bayas con propiedades casi milagrosas, si atendemos a la propaganda que le hacen famosos como Madonna o Liz Hurley. Son las bayas de Goji, procedentes del Tíbet, una especie de pasas rojo-anaranjadas que podemos comprar envasadas o a granel en muchas tiendas de frutas o herbolarios.

    Entre las propiedades de estas pepitas destaca su alto contenido en vitamina C y B, beta carotenos, hierro, zinc, cobre, calcio, selenio, fósforo y aminoácidos esenciales como la isoleucina o el triptófano… Con estas sustancias, el organismo adquiere defensas para luchar contra las enfermedades coronarias, el cáncer y prevenir daños en la piel. Es el beta caroteno de esta fruta, nutriente que también tienen las zanahorias, lo que le confiere la capacidad de luchar contra los radicales libres. El consumo de un puñadito diario –de 20 a 40 bayas es suficiente- es una buena fuente de antioxidantes.
     
    Las bayas Goji auténticas son de la especie Lycium barbarium, aunque hay otras muy similares procedentes de la especie Lycium chinense. Los famosos parecen haberles cogido afición, entre otras cosas porque mejoran la piel y dan vitalidad, pero también son buenas para la artritis y procesos inflamatorios, alivian la tos crónica, mantienen los niveles de colesterol, incrementan las defensas, disminuyen el estrés y los problemas de sueño, y hasta suben la líbido, dicen. 
    Este fruto, que parece una pequeña cereza recién arrancado del árbol, crece en China, Mongolia y Tíbet, donde se consumen también en zumo desde hace miles de años, como elemento terapéutico de la medicina tradicional china. A los mercados occidentales llegan desecadas naturalmente, por lo que para tomarlas se recomienda bien hidratarlas en agua un rato antes de consumirlas en ensalada o tal cual, o bien mezclarlas con yogures, como si se tratara de cereales o muesli. Su sabor no es demasiado dulce, más bien insípido, pero pueden tomarla desde niños, ancianos, enfermos y sanos.
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